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Frustraciones

La vida es un castillo de naipes

¿Te acuerdas cuando jugabas de pequeño a las cartas con tu familia?
Pues conocí a alguien que le apasionaba tanto jugar que acababa cansando a todos los miembros de su familia y terminaba sólo sentado en la mesa del salón.
Solos él y su baraja de cartas.Entonces ese niño empezaba a construir con delicadeza, tesón y perseverancia un castillo de naipes o una torre de cartas que diría su abuelo. No importaba las veces que se viniese abajo, él siempre lo volvía a intentar. Con el tiempo fue aprendiendo a base de errores que lo más importante no eran las cartas situadas en la parte superior sino cómo estuviesen colocadas las cartas de los primeros escalones.Aprendió que esas primeras cartas sin duda eran la base para que su pirámide permaneciese fuerte y robusta. Bastaba con que tan sólo una carta de la base tambalease para que el castillo se desplomara en cuestión de segundos.

Un buen día ese muchacho dejó de ser un niño. Un buen día ese muchacho se vio en la cima de su propio castillo de naipes y se asustó. Las vistas allí arriba eran formidables, con delicadeza, tesón y perseverancia había construido un precioso castillo, pero se sentía frágil y vulnerable.

Abajo del todo, en la base de la pirámide estaba su familia. Esas cartas no las había elegido él, aunque  si de algo en esta vida estaba convencido es que no las hubiese podido elegir mejor. Un escalón por encima estaban sus amigos, que junto a la familia conformaban los cimientos de la pirámide.
Más arriba venían el trabajo, el dinero y demás motivaciones personales.

¿Cómo no se iba a sentir frágil? ¿Cómo no se iba a sentir vulnerable?
Si en el fondo de su alma seguía estando ese niño que construía torres de cartas, ese niño que sabía que bastaba tan poco, que bastaba un segundo, que bastaba con que una sola carta de la base se inclinase más de la cuenta para que todo su castillo de naipes se derrumbase a sus pies.

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